Hacia afuera = hacia adentro
III
Hacia afuera
Allá afuera:
el mundo.
Cierro los ojos
y veo:
la noche falsa y eterna de la venda;
un médico de manos crueles;
el espanto
que va a la muerte,
arrastrado entre guardias;
púas sobre la piel
desnuda.
Así,
nací.
Supongo.
El supongo lastima.
Es un golpe en la nuca.
Un agujero sin ruido
que se me quiebra,
de pronto, en una esquina.
Sé que viene del mundo,
de afuera.
Yo
no lo quise.
Pero ella,
la que me llama en los diarios,
en la verdad oscura del espejo,
también viene del mundo,
de afuera.
Viene a mirarme
en esta ventana abierta.
Y yo sin querer, entiendo.
Entiendo todo.
Todo.
Hasta la rabia.
Hasta la espera.
14:24 | Mundo: Poemas | 0 Comments
Hacia afuera = hacia adentro
II
Hacia adentro
Después,
hubo un sonido
en el vidrio.
Detrás de la plata encerrada,
de la luz que se dobla
hacia mi cuerpo,
que me devuelve.
Hubo un tono en el gesto.
Una mañana en que supe.
Ahí estaba:
esa cara grande, buena,
inclinada hacia mí como un sauce.
Desconocida
y no.
Perdida alguna vez,
en alguna parte.
Dos pasos más.
Hoy quiero ver de cerca
lo que fui,
lo que no soy.
Hoy, me atrevo.
El espejo es el mismo,
y yo
descubro un rincón
escondido
más allá de las sábanas.
Un cuadrado de soles
y de sombras
que no recuerdo haber puesto
allá arriba,
en el alféizar vertical de la ventana.
14:24 | Mundo: Poemas | 0 Comments
Hacia afuera = hacia adentro
I
Hacia afuera
Miro el espejo.
Sin acercarme,
desde la puerta de la habitación prohibida:
un movimiento lerdo
en los pies, el esfuerzo feroz
de la mentira.
No te enseñé palabras, espejo.
Imágenes apenas.
Lo menos posible,
para que me engañaras.
Era (yo decía que era) bueno
el engaño.
Ojos verdes,
manos de dedos largos,
las uñas quietas,
inocentes.
Una cintura
hecha al camino,
a la música fuerte.
A mi pequeño espacio.
Nada más.
Flotaba así, detenida en tu marco,
sola.
Todo,
todo estaba más allá
del silencio,
en otro barrio,
y yo andaba así,
fría,
los párpados cerrados.
A tientas.
Protegida.
14:23 | Mundo: Poemas | 0 Comments
La mano en la pared
En el lugar donde conocí a Ester, yo era sobre todo madre. Cuando volvió a llamarme, me dijo que quería una vendedora. Ahora, las dos somos madres de nuevo, pero la palabra tiene un sentido distinto, casi opuesto.
La conocí en la puerta del colegio donde esperábamos a los chicos todos los días a las cinco y cuarto. A la entrada, “las madres” (en el espacio de esa manzana de veredas maltratadas, éramos siempre “las madres”) apenas si nos saludábamos. Tal vez porque a la entrada no había excusa para quedarse por ahí perdiendo el tiempo, tal vez porque sin excusas, suponíamos que con un poco más de esfuerzo, podríamos ganarle al trabajo y por eso volvíamos corriendo a las escobas y las clases y las compras. A mediodía, apenas había inclinaciones de cabeza, Chau, Hasta luego, ¿Qué tal? Hace frío. Cuatro palabras y las puertas del colegio quedaban vacías. Pero a la salida, las puntuales (yo y Ester llegábamos por lo menos diez minutos antes) nos reuníamos en grupos y había sonrisas y charlas encendidas. Sobre las maestras, sobre los horarios, sobre el cansancio, sobre los maridos, sobre los hijos, sobre el futuro. Yo hablaba con otras madres sin saber sus nombres, sin entender del todo lo que había detrás de la ropa prolija de ésta, del vestido mal planchado de aquella, de los cuerpos gorditos o enflaquecidos, de las voces y las arrugas y las gritos. Reconocía, eso sí, la mirada fija en la puerta, el cálculo mental de minutos, el rebaño de chicos alrededor, el recuento de útiles y camperas. Aún ahí, donde era sobre todo madre, yo trataba de adivinar los gustos, la clase de sartenes, ollas, pavas que tal vez podría venderles. La puerta y las charlas me daban una oportunidad que no podía desperdiciar. Me acercaba a “las madres” con eso en mente y pronto, estábamos compartiendo las pequeñas escenas de la vida, una discusión, un reproche, un asombro, un descubrimiento.
Ester tenía el reproche en los gestos. Sus hijos –tenía dos—venían peinados, limpios, perfectos y antes de entrar, ella los examinaba con cuidado, de arriba a abajo, y a veces, se agachaba a limpiarles una mota de polvo del zapato o se inclinaba a arreglarles el cuello del delantal. Recuerdo sus manos, en el aire, arreglando un mechón rebelde de las trenzas de Cata. Sí, de Cata me acuerdo también. Cuando volví a ver a Ester, no había pensado en su hija en mucho tiempo pero descubrí que me acordaba de ella. No hubo tiempo suficiente para acumular recuerdos, pero me había quedado con una cara cansada de quince años, el aburrimiento en los ojos, ¡Mamá!, dejáme en paz que voy a llegar tarde.
Por eso, porque me acuerdo de los gestos de Ester, de las palabras de Cata; porque veo todavía la mano de la madre un día que llegué corriendo con la cartera abierta y el pelo desarreglado, Permitíme, me dijo y puso la cartera en su lugar, el pelo detrás de la oreja; porque me enfureció su deseo de corregirme, de convertirme a su religión de prolijidad obsesiva, por todo eso, su nombre y el de su hija y el aspecto de su casa se me grabaron en la memoria para siempre. Y ni siquiera la mujer que conocí después, esa madre rápida, hundida en datos, en teléfonos, en papeles, puede hacerme olvidar del todo a la Ester de los tiempos de “las madres” del colegio.
En los tiempos del colegio, fui cuatro o cinco veces a su casa antes de que los chicos crecieran o se fueran o desaparecieran de nuestras vidas y dejáramos para siempre las charlas de la vereda. Nunca fui como amiga. En esos primeros tiempos, excepto en la puerta de la escuela, mi relación con Ester fue siempre la de una vendedora. Nuestra historia está cruzada: como “madre”, le vendía; como vendedora, con ella, fui otra madre.
A esa casa ordenada, iba enfundada en una elegancia que jamás usaba cuando era “madre”. Tal vez era esa diferencia de estilo, esa máscara, lo que me daba vergüenza cuando iba a ver a Ester o a las otras “madres”. Con los desconocidos, con los compañeros de trabajo de mi marido, yo me inventaba una cara segura, una sonrisa eficiente, una sinceridad apabullante en la que yo también creía. La conversación me salía con una naturalidad asombrosa, suave como un guante de seda sobre la mano cuidada, arreglada, casi una obra de arte. Ah, a esa gente sí que sabía venderle. Con las madres, me costaba mucho. Ester me había arreglado la cartera, me había recogido el mechón rebelde, me había visto en vaqueros, sin pintar. Permitíme. ¿Cómo hacerle creer en mi uniforme pacato y correcto, en mi sonrisa, en mi hebilla plateada?
No sé si se los creyó. Entonces no le pregunté y ahora que la veo mucho, no creo que quiera preguntárselo. Sé que la casa que conocí era una extensión de la Ester del reproche. Entonces, Ester no tenía máscaras. Era una sola. La casa: limpieza absoluta; cuadros en ángulos rectos y exactos; una sola alfombra con los flecos lisos, paralelos; la cama, sin una arruga. La cocina: vacía como en las fotos de las revistas de arquitectura; sin un vaso; sin una cucharita sucia en la pileta; el repasador, en el gancho, con tres pliegues planificados, no espontáneos, uno más ancho en el medio, dos más angostos a los costados como una toalla en los hoteles de lujo de las series de televisión.
Después de la escuela, dejé de verla. Cuando las cosas se derrumbaron y empezaron a verse los espacios vacíos, los huecos oscuros, tuve miedo y les pedí a mis hijos que se fueran. En nuestra ceguera parcial de aquellos tiempos, pensábamos que cualquier ciudad era mejor que la nuestra y que tal vez, bastaba con corrernos a un costado unos kilómetros para evitar el espanto. Así que tampoco los veía a ellos. Apenas había cartas de vez en cuando. Y después, de pronto, en el año de la guerra, con los comunicados y las noticias falsas sobre las islas en los oídos, recibí un llamado.
No la ubiqué enseguida. Ester, decía la voz, una voz más cascada y sin embargo, más llena de fuerza que la de la mujer de la casa perfecta. ¿Ester? ¿Ester qué? El apellido no me aclaró mucho, tal vez porque entonces, cuando éramos “las madres”, los apellidos eran los nombres de los chicos: “lamamádeCata”, “lamamádeAlberto”. Tuvo que decirme la dirección para que me acordara. Pero en ese año, con los hijos lejos, me alegré de oírla. Me preguntó si seguía vendiendo ollas a domicilio. Dije que sí.
El jardín estaba lindo, mucho mejor cuidado que mi balcón de macetas llenas de yuyos pero había perdido ese aire de matemática aplicada que para mí era un insulto. Lo noté enseguida y toqué el timbre con ese miedo extraño que se siente antes de un reencuentro, tal vez porque una sabe que no va a ver lo que espera, que el reencuentro en realidad, es imposible.
Cuando me abrió la puerta, me di cuenta de que era ella pero el cambio era tan grande que me pregunté si yo también habría cambiado así. Si hubiera tenido un espejo, me habría mirado con espanto. Ella me abrazó. Eso también era raro: nunca nos habíamos abrazado antes. Por alguna razón, tal vez porque ella no me preguntó por los míos, no me atreví a hacerle la pregunta más obvia, ¿Qué tal?, ¿cómo andás? ¿Y Cata? ¿Y Gerardo?
El living estaba oscuro y tenía otro color, turquesa, tal vez celeste, con esa luz era difícil saberlo. Había carpetas de hojas manchadas, abiertas sobre la mesa. De pronto, recordé el desierto del mantel en otros tiempos, la mesada brillante que seguramente seguía allá, del otro lado de la puerta entreabierta, en la cocina.
Ester hojeó mis folletos despacio. No les prestaba atención. Quería decirme algo y las ollas eran una excusa. No me resultó difícil darme cuenta pero no supe cómo hacérselo más fácil.
Y entonces, porque sí, levanté la vista y la vi.
La huella de la mano en la pared azul.
Me quedé inmóvil, mirándola. Una mano grabada como un bajo relieve en la pintura del living de la casa de Ester era algo tan inconcebible que pensé que me había dormido. Un olor agudo a pesadilla cayó sobre el mantel y los papeles y las carpetas. La penumbra nos tocó los pies.
--¿Qué? --dijo Ester, de pronto, las dos manos apoyadas sobre mis folletos de colores absurdos, abandonados a su suerte sobre la falda --. ¿No sabés?
Yo no sabía. ¿Quién hubiera podido contármelo? Mi Alberto se había ido lejos y por otra parte, nunca había sido muy amigo de Cata. Los otros eran más chicos y tampoco estaban. Ya no éramos “las madres”. No estábamos envueltas en la humareda tibia de los chismes.
Los ojos de Ester eran otros. Como su voz, tenían más fuerza y más años. Parecían partidos por grietas infinitas. Sé que ese día le di la dirección de Alberto y sé que se escribieron. Ella me mostró las cartas. Ahora que Cata la estaba armando a ella de nuevo con su ausencia, ella quería armar a Cata con las palabras de otros. La vida de Ester era un movimiento hacia arriba, en picada, hacia la escena que yo no había olvidado, hacia ese ¡Mamá!, dejáme en paz que voy a llegar a tarde, sobre las veredas maltratadas del colegio.
--Casi la mato cuando puso la mano sobre el induido –me dijo. Había sido dos días antes de los golpes en la puerta, dos días antes de las sirenas y los hombres y el Falcon y la no despedida. La voz de Ester se quebró en la segunda palabra. –Casi la mato.
Apoyó los dedos demasiado grandes sobre la huella que siempre tendría dieciséis años. Ya no lloraba.
14:23 | Mundo: Cuentos | 0 Comments
Fotos
Desde que me acuerdo, mamá sacaba fotos. Además de cuidarnos, a nosotros y a papá, además de trabajar en la oficina, hacerse mala sangre por casi todo y leer en los viajes, mamá sacaba fotos con una buena cámara y un zoom. La veíamos apuntar despacio, esperar y después hundirse en el cuartito oscuro que había bajo la escalera. Cuando salía, las fotos no tenían nada que ver con lo que habíamos esperado, aún en los tiempos en que ya sabíamos que no teníamos que esperar lo esperable. Yo nunca veía fotos como ésas en los álbumes de mis compañeras de la escuela, y tampoco en los nuestros porque mamá no sacaba las fotos de las vacaciones aunque todos se lo pedíamos cada vez que el auto enfilaba para el sur en los eneros de muchos de esos años.
Esas fotos, las otras, las sacaba mi hermano con la misma cámara: la familia en pleno con las olas detrás; yo leyendo a Salgari en la puerta de la carpa, muerta de frío como siempre; papá con la pipa; el auto lleno de polvo con el Aconcagua como un muro de viento en el fondo. Fotos normales, comprensibles, de vez en cuando alguna que alguien conseguía sacar por sorpresa, la cara en el medio, natural, relajada, con una expresión particular que no se pone nunca en una pose, una expresión familiar que no sabíamos que conocíamos y que aparecía ahí, perfecta, casi increíble, como si la foto fuera algo puramente mental, un pensamiento.
Mamá no sacaba fotos así. No usaba el gran angular, que fue lo primero que me entusiasmó en tiempos de enamorada de la historia y la arquitectura cuando me frustraba tener que dejar la mitad de un monumento fuera de la foto. Mamá no sacaba esas fotos y no le gustaba aparecer en ellas. Se escurría mientras preparábamos la cámara (luz, distancia, profundidad de cambio eran otras cámaras). Por eso, las pocas imágenes que tenemos de ella son fotos robadas y espontáneas, la expresión siempre mucho más natural y hermosa que las de los otros miembros de la familia. Ella estaba siempre más suelta, era siempre más ella misma que nosotros. Me acuerdo de una (no hubo muchas: ella se enojaba mucho si se daba cuenta y a veces quería eliminar la foto cuando se la mostrábamos): ella está mirando adelante en el auto; esperando que volvamos del baño en una estación de servicio. Tiene el brazo apoyado sobre la ventanilla, los ojos intensos y perdidos, como casi siempre; está tranquila, como casi nunca y tal vez, hasta sonríe. Creo que me acuerdo por la sonrisa. No eran muchas las sonrisas de mamá. Para reírnos: la escuela, los amigos, las fiestas de cumpleaños; en casa, las cosas eran serias, cuidadosas y tensas (aunque yo no lo sentí en ese entonces; entonces, hubiera usado otras palabras para describir nuestra vida: sinceridad, rapidez, tal vez confianza; todavía diría eso, pero ahora sé más; tuvo que venir alguien de afuera para que yo notara la furia en las paredes y las puertas, esa energía negra y rotunda que siempre me había parecido natural, inexistente). En esa foto del auto, reconocimos la sonrisa. Eso quería decir que la habíamos visto antes, que existía. A veces, pienso que quizás era más frecuente de lo que yo recuerdo ahora pero secreta como un amorío que mamá hubiera tenido que escondernos.
Pero sus fotos, las que sacaba ella, eran otra historia. Cuando crecí, cuando empezaron a interesarme los libros de pintura y las exposiciones, me di cuenta de que eran fotos para ampliar a 20 por 20 y colgar de las paredes de un museo. Por eso no podíamos imaginarlas en los álbumes de nadie. Lo que me extraña es que mamá no se diera cuenta, me extraña que ella, que conocía los nombres de los pintores y a veces, nos mostraba esculturas y murales de otras ciudades en los libros, no entendiera lo que estaba haciendo detrás de la puertita negra de la escalera. No, en realidad, es fácil de entender. Las fotos eran parte de ella, una parte retorcida, feroz y buena. Y ella no veía sus partes buenas.
Me acuerdo de algunas solamente. Ya no las tengo. Desaparecieron en la hoguera de aquel Año Nuevo, ese 31 de diciembre que lo cambió todo. Como en los dichos: Año Nuevo...
Me acuerdo de algunas. Pero sobre todo me acuerdo de la impresión que nos causaba el proceso completo. Verla apuntar con la cámara, a un árbol, por ejemplo, o a un pájaro o a un poste de luz, muy de vez en cuando a una persona. Y esperar detrás la puerta a que ella revelara el rollo --jamás dejaba que los tocara otra persona--. Y ver cómo salía un rato después con el papel --siempre mate, a pesar de las modas-- y mirarlo y que no hubiera nunca ni un árbol, ni un poste, ni un pájaro. Mucho menos una persona. Lo que veíamos ahí no tenía nombre. Era, simplemente.
Una de árboles: El árbol era un gran roble que crecía en la vereda de enfrente. Tenía una copa verde oscura (la foto fue en verano, en febrero tal vez, cuando el calor madura hacia el otoño). Un murmullo marrón subía a los dormitorios desde sus ramas, como una nube cálida y nueva. Mamá se sentó en un sillón de la galería (privilegios de la vida en los suburbios), se llevó la cámara a los ojos y apuntó a la mitad del roble con el gran tubo negro del zoom. Nosotros apostábamos. ¿Era una foto de hojas? ¿De un nido que había descubierto entre las ramas, de un proyecto de bellota?
De todos modos, eran apuestas imposibles. Si ella no nos lo decía, nunca sabríamos a qué había apuntado. Pero después, cuando las mostraba en el papel tranquilo y suave, colores casi siempre pastel, apostábamos de nuevo. Nos sentábamos con la foto y tratábamos de ver el mundo en esas líneas intrincadas. Esto es una hoja, ¿ves? No, no, ¿no ves que es el costado de una flor? Parece un dedo... U otra cosa... Risas. Pero no, ¿no ves que es el ala de un gorrión? Ahí están las plumas.
Cuando reveló ésa, la del roble, lo que vimos era un rombo marrón con curvas a los costados. Había una especie de remolino puntiagudo torcido en un extremo, todo en distintos tonos de marrón, y en un rincón se alzaba una garra verde, en diagonal, como las patas de un cóndor que se cierne sobre un ratón. Era una foto en equilibrio inestable, parecía inclinada hacia un lado como si el remolino, que era la presa, estuviera por tragarse al cóndor y convertirse en predador. Me acuerdo de que la tendencia general era a mirarla de costado, inclinada, como si el pequeño mundo de la imagen pudiera arreglarse compensándolo desde el papel, desde afuera.
Mamá nos explicó esa foto. Le costaban mucho esas explicaciones y ahora, mirando hacia atrás desde esta otra edad (desde los tiempos en que ya no me gustan tanto las fotos de paisajes), creo que nos explicaba solamente cuando veía que el rompecabezas nos apasionaba. Entonces, se acercaba, sonreía y decía ¿Les cuento o es mejor no saber? Siempre la misma frase, siempre la misma sonrisa. ¿Ven? ¿Esto de acá? Es una ramita, por eso el marrón. Y esto es el ala derecha de un pájaro. Eso no, no, eso es una sombra. Por eso esperé un rato para tomarla.
Con esas explicaciones, tendía un puente entre una foto irreal y el mundo, entre lo que veíamos nosotros en el roble, y lo que buscaba ella detrás de la cámara. Ahora sé cuánto le costaba construir el puente. Entonces, lo único que sabía era que ella se ponía terriblemente incómoda con las explicaciones. Y las fotos explicadas dejaban de interesarle. Las abandonaba en el orden cuidadoso del cuarto oscuro y a veces, misteriosamente, las perdía. Me acuerdo de que una vez le pedí que volviera a mostrarme una que había sacado apuntando a los ladrillos ennegrecidos de la pared del garage. Creo que la rompí, dijo ella con la voz monótona que usaba cuando algo la tenía sinceramente sin cuidado.
¿Dije “explicaba”? En realidad, ella nunca nos explicaba las fotos. Jamás conseguimos que nos dijera qué quería decir con el remolino. En todo caso, lo que nos daba eran lecciones de técnica. Lo demás no se discutía. Ni las apuestas ni los ruegos ni las cargadas (¿A que esto es un remolino?; por favor, no entiendo, ¿qué es?; parece bosta de vaca) la conmovían. Es una foto, decía.
Cuando las veíamos separadas unas de otras, las fotos parecían todas iguales. Me acuerdo de que un día le dije a mi hermano que mamá se repetía. Pero a veces, hacía carpetas. Las reunía en conjuntos, por color, por diferencia de color, por fecha (tampoco explicaba eso, pero nosotros suponíamos las categorías y las comentábamos cuando estábamos solos). Cuando mostraba las carpetas, no había parecido alguno en una foto y otra. Tal vez lo único en común era que el papel mate. Eso y algo más, no un color sino una intención, algo que entonces, probablemente, yo hubiera llamado “tristeza”.
Las fotos de mamá. Ahora sé lo que buscaba en ellas. Creo que lo entendí el día de la hoguera aunque en ese momento no supe que lo sabía. Lo único que supe fue que mamá había cambiado, que de alguna forma, la habíamos perdido. Después de ese fin de año, no hubo más fotos. No hubo más cuartito debajo de la escalera. La puerta de madera oscura se abrió; alguien, probablemente ella misma (¿quién más se hubiera atrevido?) tiró los frascos y recicló las bandejas hacia el lavadero y los animales. Florecieron los álbumes normales de fotos de paisajes y de caras rojas de sol y cansancio.
Cuando vuelvo a pensarlo, me doy cuenta de que la crisis fue antes. La verdadera crisis vino después de una de las explicaciones con sonrisas. No me acuerdo de la foto que ella nos estaba explicando pero sí de que, bruscamente, dejó de hablar en la galería iluminada de la noche del 30 de diciembre, levantó el papel de la mesa y lo miró como si lo viera por primera vez. No siguió explicando.
Había terminado el año, ése y todos los anteriores, había terminado una etapa de nuestra vida, pero nosotros no lo supimos. Nos dimos cuenta al día siguiente, cuando mamá salió del cuarto oscuro a las diez de la mañana, cruzó el jardín hasta la parrilla, puso una pila de papeles sobre los hierros, dio media vuelta hacia la casa, abrió el lavadero y volvió a salir con una gran botellón de querosene.
Al principio, no nos pareció una escena clave (el primer beso, la primera despedida; la última vez que vemos a alguien antes de un viaje, antes de la muerte). Pensamos que era uno de sus ataques de orden, violento y súbito como todos.
Creo que papá fue el primero que entendió. Fue hasta la parrilla y trató de salvar una carpeta de tapas negras, la más grande de todas. Mamá se la sacó de las manos. Discutieron. Ella ganó. Papá nos llevó a dar una vuelta. La dejamos ahí, sentada frente a la parrilla, mirando el humo espeso y negro de la hoguera. Unas cuadras más allá, seguíamos viendo el humo: una torre oscura en el cielo perfecto del sur, un cielo celeste y claro, sin una nube.
Ahora (en este tiempo en que me gustan más las fotos de personas) sé lo que pasó. Sé lo que vio mamá en su foto cuando la “explicaba”. De pronto, vio las ramas y las bellotas, las alas y las piedras y los ladrillos. Vio los paisajes y las caras, las fotos de los álbumes. El mundo seguía en sus fotos, a pesar del zoom, de la espera, del cuarto bajo la escalera. Ahí estaba, impertérrito, entero. Inevitable.
Ese fin de año, mamá descubrió al mundo agazapado en su lugar secreto. Destruyó el lugar en la hoguera de la parrilla. Durante un tiempo, temblamos tratando de imaginarnos con qué lo reemplazaría. Fueron dos años en sombra. Era otoño.
Cuando llegó el segundo septiembre, la batalla contra el mundo había cambiado de frente. Las únicas fotos que tengo de mi infancia están en los álbumes. La sombra del roble había caído en el remolino.
Y las garras y la foto misma, doblada sobre sí misma en un cucurucho de fuego, rojo primero, negro después.
14:22 | Mundo: Cuentos | 0 Comments
Rompecabezas
No sabía por qué le importaba, pero hubiera podido decir el momento exacto en que había empezado. Tal vez saberlo era una forma de aferrarse a lo de antes, de colgarse del borde de un abismo o más bien de un umbral: los dedos duros, el miedo a volar en las alas, atrás, muy lejos de la cabeza tensa.
Pero si había un principio detectable, se decía a veces (no con estas palabras; las palabras, todas, son mías y yo tuve otra historia), era porque todo eso tenía que ser algo grande. Y sin embargo, cuando miraba alrededor, no veía que las cosas hubieran cambiado mucho. Ahí estaba la colcha verde oliva, el Mickey de las cortinas (ya era demasiado grande para eso, pero los padres nunca entienden eso), el placard con la foto del caballo en la puerta. El mapa de la república, grande, en colores, a un costado.
Todo en su lugar, sí.
Pero no todo. Se buscaba en el espejo y pensaba Es la adolescencia. Mamá le decía eso: Es la adolescencia y ¿qué hubiera sido mejor que creerlo?. Mamá decía, la voz tensa y firme, tan tensa que parecía a punto de romperse: No te preocupes. Le pasa a todo el mundo.
Mamá también estaba cambiada. Buscaba huellas en el aire, en los libros, en las conversaciones. Como un perro, seguía un rastro.
Mamá tenía razón. Todo estaba igual, pero de pronto, desde ese momento que podía marcar en el calendario y en el mapa con la precisión de un cronómetro y una brújula (el lunes 16, en el subte, a las 6 y media), era otra persona. Alguien levemente corrido, como si hubieran deformado su imagen apenas, un detalle, otro corte de pelo.
Algunas cosas habían dejado de interesarle.
1.Los chismes, por ejemplo. Los oídos se le cerraban cuando veía venir las conversaciones vacías, las informaciones falsas, las risitas, los colores enredados en insinuación y silencio. Buscaba libros, películas, vidrieras en las que refugiarse, caras a las que preguntar la hora o una dirección que ya conocía. Si alguien le pedía una opinión, un comentario agudo, contestaba: Perdón, no te estaba escuchando. Había estado en el centro de todo y de pronto, el centro era como una cárcel. Dolía en los nudillos.
2. El deporte. Había sido pasión antes. Días de esperar el sábado y los partidos y los gritos y las puteadas feroces que nunca decía verdaderamente en serio. La competencia. La palmada de papá en el hombro (el deporte conmovía a papá hasta las lágrimas), ese orgullo que le llenaba el pecho como un chocolate caliente en la madrugada. Sólo por eso habría valido la pena. Y ahora, hasta la palmada era un insulto, una especie de humillación tranquila. Una vez, hasta se había dado vuelta a mirar a papá y había dicho algo entre dientes, un; Pero en lo demás no te fijás nunca que no estaba pensado para que nadie lo escuchara. Papá había dicho: ¿Qué?, un ¿Qué? conocido que, en general, terminaba en bofetada pero estaban en público, en el club, y no había pasado nada.
En lo demás no te fijás nunca. Por ejemplo, en que las cuentas, la ciencia, le salían mucho mejor que la gimnasia; en que tenía un color de ojos inédito en la familia, labios nunca vistos, otra altura. Estaba tan lejos de papá que papá no veía. Ahora el deporte era el lugar del desencuentro.
3. Las fiestas. Le habían gustado y mucho. La noche repentina, tibia de septiembre. Salir. Escaparse de la habitación, de los deberes, de la secundaria. Ser otros en grupo, copar esquinas y recorrer cuadras cuando ellas también eran otras, bajo la luz irreal de los faroles. Pero después del subte, después del lunes, la noche era miedo. Había empezado a mirar hacia atrás cuando doblaban sobre el empedrado, a escudriñar dentro de los autos, buscando. Le parecía que la noche le devolvía ciertas imágenes extrañas que no quería entender ni recordar del todo. Las esquivaba en las calles como se esquivan los charcos después de la lluvia (yo esquivo los charcos, sí, tal vez la historia no debería dejarme entrar de vez en cuando; a mí, con un pasado que fue así pero no fue así en absoluto, me hace falta el agua sucia, el reflejo plateado de mi cara entre adoquines desparejos. Por eso, entro: muevo las piernas de mi personaje y esquivo el charco, o tiro una piedra diminuta con sus manos y mi cara se dividide en cien sobre si hombro).
No todo era malo. Con su manía de hacer balances, eso también estaba claro.
1. Estaban los diarios, por ejemplo. Antes de ese lunes, el diario había sido solamente una conquista de mamá, algo que ella había pedido y conseguido, toda una hazaña. Papá los odiaba. Lógico. Los diarios eran lentos. No había colores ni aventuras en esas páginas blandas que duraban exactamente un día, como una mariposa, y después, morían entre huevos nuevos o vasos rotos. Lo que había cambiado era lo de Lógico. Porque ahora, desde el subte, había dos conversos en la familia. Ahora, miraba diario tras diario en las manos de los otros. Leía títulos y notas y cartas en los colectivos, en las plazas, en los trenes. No era un cambio difícil de entender. El momento mismo --el lunes marcado con cronómetro, el subte marcado con brújula-- había tenido que ver con un diario. Así que después de ese lunes, se había dicho que, tal vez, un diario volvería las cosas a su sitio. Se lo había dicho al principio, cuando todavía podía engañarse un poco; se lo había dicho mil veces después, cuando ya sabía que eso era imposible. Ahora, los diarios le gustaban: había descubierto que del otro lado de las páginas grandes y dobladas había algo más que letras. Había descubierto historias. Tragedias. Llamados. El mundo fragmentado, dividido en columnas y fotos, el mundo entero entre las manos, cada mañana. (A mí me pasó más adelante, con la lentitud de las vidas fáciles, sin sacudones, sin precipicios. Vi los precipicios a mi alrededor, claro, hablé de ellos en voz baja, en la cena, los supe. Pero apenas me rozaron. Yo no cambié tan rápido.)
2. Estaban las caras. Porque desde ese día en el subte, desde ese preciso momento, empezó a mirar las caras de la gente. No cualquier cara, por supuesto. En lugar de pasar los ojos ciegos sobre un colectivo o un vagón de tren o una cuadra en el centro, buscaba gente de la edad de su abuelo, el “general”, como le decían. Por ejemplo, antes de bajar, ese lunes, en el subte, había visto una frente ancha, dura como una piedra, tallada por el tiempo y tal vez la vida (no vio la diferencia, ni siquiera pensó en ella: era demasiado joven; y eso es difícil de imaginar para mí. Yo no tengo un principio para las caras, las miré desde siempre, siempre las supe en el mundo y siempre imaginé una historia atrás, un pasado instantáneo), y había pensado en la carta del diario. Una cara de mujer, los ojos casi perdidos pero directos, valientes (diría yo, si ésa no fuera una palabra de hombres más que de mujeres), llenos de búsqueda. Ése era el cambio, sí: ahora buscaba también, sin darse cuenta, sin querer, como se respira sin querer. La búsqueda se había transformado en algo automático y gozoso, en esperanza. Pero, ¿de qué?, si había creído que lo tenía todo.
3. ¿Era bueno o malo quedarse en el aire en medio de una clase? Costaba caro, sin duda. De pronto, desde ese lunes, ya no tenía buenas notas. A mamá no le importaba (nada de la escuela le importaba demasiado a mamá) y papá no tenía por qué enterarse pero... A veces, en los segundos que robaba a las explicaciones y los deportes y los ejercicios, esos instantes de excursión por caminos secretos, encontraba algo, rápidos momentos de espanto infinito, de infinito cariño, como los momentos que se fijan en la retina bajo las lámparas estroboscópicas de los bailes. Momentos agudos como un cuchillo, estudiados. Momentos que eran de una verdad tan filosa como si fuera falsa. Y lo era. Lo era. La verdad filosa de los sueños, hubiera dicho (si hubiera tenido mis palabras).
En medio de lo bueno y lo malo, estaban los otros, los cambios que no podía clasificar en ningún balance y que, por alguna razón, siempre le venían primero a la mente. Pero cuando el vértigo le doblaba los puños y le cerraba los ojos, pensaba: Bueno, en realidad, no pasa nada. No va a pasar nada. Todo está igual que antes de ese lunes.
Y entonces, por ejemplo, aparecía el teléfono. Un aparato inocente que siempre había lo servido como decían las películas que sirven los robots, sin rebeldías y que como los robots de las películas, se rebelaba de pronto. Porque sabía el número, esa excusa no era posible. No servía: los siete números de la carta le bailaban detrás de los ojos, inalterables, como si se los hubieran tatuado en la retina con tinta roja. Había momentos, cuando no había nadie en casa, que los números y el teléfono trabajaban contra su paz en silencio pero con una fuerza inalterada y paciente. Aquí estamos, le decían.
Y sí, también esa pasión por pensar, a solas. Ese aislarse que nunca, nunca había sido suyo antes. Huía de los que habían sido sus amigos por un diario, por una cara, por unos números, por una noticia. Se estaba convirtiendo en una versión del Gordo Ramírez, el Gordo Morboso, siempre prendido a los policiales. El Gordo, que recitaba el número de puñaladas del último cadáver de las noticias de la televisión, la posición de las manos atadas, la expresión de los ojos ciegos. ¡Por Dios! Si se había reído de él con los demás, con las chicas, con los chicos, el dedo tenso, directo hacia la cara redonda: Gordo Morboso, Gordo Morboso, le gritaban. Y un día después de ese lunes, había dejado al grupo en medio de las risas y las confidencias y se había puesto a mirar la nada por la ventana de la confitería. La soledad se había arremolinado a su alrededor de pronto, como una capa fría, la capa que también llevaba el Gordo y que siempre le había parecido tan lejana, tan de otros.
Y eso no era lo único, no. Ningún balance contenía todo, en el fondo. Porque estaban las fotos.
Las fotos no eran ni buenas ni malas. No le daban ni placer ni angustia. Si hubiera querido buscar una forma de explicarlas, habría dicho que eran una necesidad. Una necesidad imperiosa. Todos los días, de noche, bien de noche (había algo en mamá que hacía que tuviera que ser de noche, cuando la puerta de su dormitorio tenía permiso para estar bien cerrada y en la casa inmóvil, ni siquiera las cortinas se atrevían a moverse), sacaba el álbum del estante y buscaba. Sabía lo que estaba buscando (desde ese día en el subte, lo sabía bien) y había una parte de su mente que sabía que no iba a encontrarlo pero buscaba. Veía la casa vieja, la familia en la mesa, en el campo, junto a los caballos del regimiento, en un picnic en el río, en San Fernando. Siempre las mismas fotos. Una foto, una sola, de mamá con un bebé en brazos. Más atrás, nada. Ni siquiera un vestido suelto, un rumor de pantalones amplios, una cintura más ancha.
Todo eso, todo (el resumen, hubiera dicho mi personaje desde su compulsión de números y listas: los diarios, las caras, las distracciones, el desprecio por los deportes, los amagues de discusión con papá, la forma en que se negaba a ir a las fiestas, hasta la mano tendida hacia el teléfono con un número en mente) había empezado en el subte. ¿O no? A veces, tenía miedo de ir más atrás, de que hasta esa certeza, la del comienzo, fuera ambigua, falsa en el fondo.
¿Por qué había leído esa carta de lectores sobre el hombro de la pasajera? ¿Acaso ya había empezado a leer diarios sin saberlo, en sueños casi? No parecía un misterio importante, pero por alguna razón era amenazador, tronaba como una nube de tormenta sobre las noches de insomnio de aquellos días (yo creo que era importante, claro, pero no sé cómo hubiera reaccionado en esa historia. Los orígenes siempre me parecieron tranquilizadores, pero ahí, en ese espacio específico, entiendo el miedo, desde lejos).
Había sido así:
Iba a ver a Alberto. A Alberto le gustaba la lengua y le podía explicar algo para la prueba. En el subte repleto, la cabeza se le sacudía con el ritmo de las ruedas mientras detrás de las ventanillas pasaban las serpientes de la electricidad, que en la infancia habían sido pura pesadilla, terror puro, y que a veces, volvían en los sueños transformados en otra cosa, otro aparato, como si evolucionaran de gusano a mariposa feroz, a buitre, a dragón furioso.
La vieja de anteojos viajaba hundida en el asiento con los ojos fijos en las letras diminutas, sin una sonrisa.
Las letras. Lo que había en ellas. El paso de una cosa a la otra había sido el principio. O más bien, quería que ése hubiera sido el principio porque entonces, todo eso habría sido solamente un error, una obsesión absurda, algo efímero que olvidaría al año siguiente.
¿Volvería a leer más allá de las letras, ahora que sabía? Desde este otro lado del cambio, ¿no hubiera sido mejor dar vuelta la cara hacia la ventanilla y concentrarse en las estaciones, en los túneles, en la nada del viaje hacia un lugar demasiado conocido? ¿O en el dibujo de las letras solamente, en el nivel más elemental de la carta, ese a-m-i-n-i-e-t, etc.?
No lo sabía. Tal vez sí. Pero tal vez no. Tal vez... Lo que sabía era que desde esa carta, el mundo de la casa cercada, del permiso para cerrar la puerta después de las 10 de la noche, del orgullo en los ojos del padre por el deporte, había estallado en mil caminos posibles. Y ahí estaba, en la parálisis absoluta del cruce de muchas calles, en la duda de las direcciones.
Para olvidarse, se obligaba a mirar por las ventanillas de los colectivos, hacia afuera, donde las caras no existían. Se atiborraba de novelas policiales, una detrás de otra, como el Gordo Morboso, digería asesinatos o ponía la radio en FM, en las estaciones de música pura donde apenas si decían la hora y la temperatura de vez en cuando.
Servía, servía pero no por mucho tiempo. Los diarios, las fotos, el teléfono, las caras eran inevitables.
Tal vez desde antes de ese lunes. Y tal vez por eso, había leído el diario de la vieja.
Cambio: El vagón desapareció detrás de las letras.
Cambio: Se imaginó a los diez, a los ocho, a los tres. Imaginó a mamá. A papá. Puso su propia imagen junto a la de ellos, con cuidado, como si algo fuera a romperse. Pensó en las bromas de algunos sobre su pelo enrulado. Sobre su altura. En la desilusión del general, el abuelo, porque él no había pegado el estirón que le prometían desde siempre.
Leyó. Era la carta de alguien que no conocía dirigida a alguien que no quería conocer. La leyó dos, tres veces. La leyó hasta que la mujer se bajó en Diagonal Norte.
No fue a casa de Alberto. Caminó hasta la puerta del vagón como en sueños, bajó en Avenida de Mayo y compró el mismo diario en el quiosco de la estación. Después buscó un teléfono público. Y mintió.
--Tengo fiebre, Al. No puedo ir. Disculpáme –dijo en el tubo con una voz extraña. Al dijo: Voy a tu casa si querés. Pero él dijo: No. Y una excusa cualquiera. A la mierda la prueba de lengua. Quería volver a casa, quería releer la carta. El problema era que, por alguna razón más allá del odio de papá contra los diarios, la casa era un lugar imposible.
Mejor una plaza. Cualquier plaza. Se sentó en un banco frío, duro, de cemento, y leyó de nuevo. Se sabía la carta de memoria cuando dejó las hojas sobre las rodillas y miró los árboles. Los árboles habían visto todo, pensó (yo siempre pienso en lo que habrá visto la palmera de mi barrio, la infinita, más joven que yo después de tantos años). Pensó despacio, en la mujer de la carta, que no sabía si su nieto era varón o nena. Que apenas si tenía una fecha. Un origen tentativo. Se parecían, sí. Seguramente, esa mujer también miraba fotos truncadas, pero no hacia atrás sino hacia delante. Como un rompecabezas.
No se atrevió a imaginarse a su hija.
De eso, ya hacía dos meses.
Balance: (siempre balances, sin fechas claves, balances que no podían esperar a fin de año) 1. La casa seguía a su alrededor como un velo oscuro, como un capullo de gusano de seda. Cómoda. Imposible. 2. Mamá rondaba a su alrededor, alerta, los ojos vacíos. 3. Todas las palabras eran peligrosas. 4. Papá, como siempre, miraba hacia afuera, de pie sobre los tanques, al enemigo.
Pero si no quería, no pasaría nada más. Se lo repetía cuando cerraba la puerta en las noches y ponía los ojos en el álbum, sobre el estante. Cuando dejaba las páginas de los diarios abandonadas en las plazas, lejos de la frontera de la puerta de entrada.
Se lo repetiría dentro de un rato, cuando todos salieran y tuviera que sentarse otra vez frente al teléfono, la mano en el aire, los siete números en un círculo de danza detrás de los ojos.
Márgara Averbach
(1er Premio del Concurso de Cuentos de H.I.J.O.S. y Abuelas de Plaza de Mayo, 2001).
14:20 | | 0 Comments
Un caballo turquesa
Una vez cuando yo era muy chica, mamá me preguntó por primera vez qué quería para mi cumpleaños. Yo fui directa y sencilla. No calculé la realidad ni el dinero ni las posibilidades ni los antecedentes. Le sonreí de oreja a oreja como si ella ya hubiera dicho que sí y le dije:
--Quiero un caballo turquesa.
Mamá sonrió y salió a buscarlo. Ella no sabía que yo quería un caballo turquesa que además, estuviera vivo. Un caballo turquesa. Sólo eso.
14:19 | Mundo: Cuentos | 0 Comments