La mano en la pared
En el lugar donde conocí a Ester, yo era sobre todo madre. Cuando volvió a llamarme, me dijo que quería una vendedora. Ahora, las dos somos madres de nuevo, pero la palabra tiene un sentido distinto, casi opuesto.
La conocí en la puerta del colegio donde esperábamos a los chicos todos los días a las cinco y cuarto. A la entrada, “las madres” (en el espacio de esa manzana de veredas maltratadas, éramos siempre “las madres”) apenas si nos saludábamos. Tal vez porque a la entrada no había excusa para quedarse por ahí perdiendo el tiempo, tal vez porque sin excusas, suponíamos que con un poco más de esfuerzo, podríamos ganarle al trabajo y por eso volvíamos corriendo a las escobas y las clases y las compras. A mediodía, apenas había inclinaciones de cabeza, Chau, Hasta luego, ¿Qué tal? Hace frío. Cuatro palabras y las puertas del colegio quedaban vacías. Pero a la salida, las puntuales (yo y Ester llegábamos por lo menos diez minutos antes) nos reuníamos en grupos y había sonrisas y charlas encendidas. Sobre las maestras, sobre los horarios, sobre el cansancio, sobre los maridos, sobre los hijos, sobre el futuro. Yo hablaba con otras madres sin saber sus nombres, sin entender del todo lo que había detrás de la ropa prolija de ésta, del vestido mal planchado de aquella, de los cuerpos gorditos o enflaquecidos, de las voces y las arrugas y las gritos. Reconocía, eso sí, la mirada fija en la puerta, el cálculo mental de minutos, el rebaño de chicos alrededor, el recuento de útiles y camperas. Aún ahí, donde era sobre todo madre, yo trataba de adivinar los gustos, la clase de sartenes, ollas, pavas que tal vez podría venderles. La puerta y las charlas me daban una oportunidad que no podía desperdiciar. Me acercaba a “las madres” con eso en mente y pronto, estábamos compartiendo las pequeñas escenas de la vida, una discusión, un reproche, un asombro, un descubrimiento.
Ester tenía el reproche en los gestos. Sus hijos –tenía dos—venían peinados, limpios, perfectos y antes de entrar, ella los examinaba con cuidado, de arriba a abajo, y a veces, se agachaba a limpiarles una mota de polvo del zapato o se inclinaba a arreglarles el cuello del delantal. Recuerdo sus manos, en el aire, arreglando un mechón rebelde de las trenzas de Cata. Sí, de Cata me acuerdo también. Cuando volví a ver a Ester, no había pensado en su hija en mucho tiempo pero descubrí que me acordaba de ella. No hubo tiempo suficiente para acumular recuerdos, pero me había quedado con una cara cansada de quince años, el aburrimiento en los ojos, ¡Mamá!, dejáme en paz que voy a llegar tarde.
Por eso, porque me acuerdo de los gestos de Ester, de las palabras de Cata; porque veo todavía la mano de la madre un día que llegué corriendo con la cartera abierta y el pelo desarreglado, Permitíme, me dijo y puso la cartera en su lugar, el pelo detrás de la oreja; porque me enfureció su deseo de corregirme, de convertirme a su religión de prolijidad obsesiva, por todo eso, su nombre y el de su hija y el aspecto de su casa se me grabaron en la memoria para siempre. Y ni siquiera la mujer que conocí después, esa madre rápida, hundida en datos, en teléfonos, en papeles, puede hacerme olvidar del todo a la Ester de los tiempos de “las madres” del colegio.
En los tiempos del colegio, fui cuatro o cinco veces a su casa antes de que los chicos crecieran o se fueran o desaparecieran de nuestras vidas y dejáramos para siempre las charlas de la vereda. Nunca fui como amiga. En esos primeros tiempos, excepto en la puerta de la escuela, mi relación con Ester fue siempre la de una vendedora. Nuestra historia está cruzada: como “madre”, le vendía; como vendedora, con ella, fui otra madre.
A esa casa ordenada, iba enfundada en una elegancia que jamás usaba cuando era “madre”. Tal vez era esa diferencia de estilo, esa máscara, lo que me daba vergüenza cuando iba a ver a Ester o a las otras “madres”. Con los desconocidos, con los compañeros de trabajo de mi marido, yo me inventaba una cara segura, una sonrisa eficiente, una sinceridad apabullante en la que yo también creía. La conversación me salía con una naturalidad asombrosa, suave como un guante de seda sobre la mano cuidada, arreglada, casi una obra de arte. Ah, a esa gente sí que sabía venderle. Con las madres, me costaba mucho. Ester me había arreglado la cartera, me había recogido el mechón rebelde, me había visto en vaqueros, sin pintar. Permitíme. ¿Cómo hacerle creer en mi uniforme pacato y correcto, en mi sonrisa, en mi hebilla plateada?
No sé si se los creyó. Entonces no le pregunté y ahora que la veo mucho, no creo que quiera preguntárselo. Sé que la casa que conocí era una extensión de la Ester del reproche. Entonces, Ester no tenía máscaras. Era una sola. La casa: limpieza absoluta; cuadros en ángulos rectos y exactos; una sola alfombra con los flecos lisos, paralelos; la cama, sin una arruga. La cocina: vacía como en las fotos de las revistas de arquitectura; sin un vaso; sin una cucharita sucia en la pileta; el repasador, en el gancho, con tres pliegues planificados, no espontáneos, uno más ancho en el medio, dos más angostos a los costados como una toalla en los hoteles de lujo de las series de televisión.
Después de la escuela, dejé de verla. Cuando las cosas se derrumbaron y empezaron a verse los espacios vacíos, los huecos oscuros, tuve miedo y les pedí a mis hijos que se fueran. En nuestra ceguera parcial de aquellos tiempos, pensábamos que cualquier ciudad era mejor que la nuestra y que tal vez, bastaba con corrernos a un costado unos kilómetros para evitar el espanto. Así que tampoco los veía a ellos. Apenas había cartas de vez en cuando. Y después, de pronto, en el año de la guerra, con los comunicados y las noticias falsas sobre las islas en los oídos, recibí un llamado.
No la ubiqué enseguida. Ester, decía la voz, una voz más cascada y sin embargo, más llena de fuerza que la de la mujer de la casa perfecta. ¿Ester? ¿Ester qué? El apellido no me aclaró mucho, tal vez porque entonces, cuando éramos “las madres”, los apellidos eran los nombres de los chicos: “lamamádeCata”, “lamamádeAlberto”. Tuvo que decirme la dirección para que me acordara. Pero en ese año, con los hijos lejos, me alegré de oírla. Me preguntó si seguía vendiendo ollas a domicilio. Dije que sí.
El jardín estaba lindo, mucho mejor cuidado que mi balcón de macetas llenas de yuyos pero había perdido ese aire de matemática aplicada que para mí era un insulto. Lo noté enseguida y toqué el timbre con ese miedo extraño que se siente antes de un reencuentro, tal vez porque una sabe que no va a ver lo que espera, que el reencuentro en realidad, es imposible.
Cuando me abrió la puerta, me di cuenta de que era ella pero el cambio era tan grande que me pregunté si yo también habría cambiado así. Si hubiera tenido un espejo, me habría mirado con espanto. Ella me abrazó. Eso también era raro: nunca nos habíamos abrazado antes. Por alguna razón, tal vez porque ella no me preguntó por los míos, no me atreví a hacerle la pregunta más obvia, ¿Qué tal?, ¿cómo andás? ¿Y Cata? ¿Y Gerardo?
El living estaba oscuro y tenía otro color, turquesa, tal vez celeste, con esa luz era difícil saberlo. Había carpetas de hojas manchadas, abiertas sobre la mesa. De pronto, recordé el desierto del mantel en otros tiempos, la mesada brillante que seguramente seguía allá, del otro lado de la puerta entreabierta, en la cocina.
Ester hojeó mis folletos despacio. No les prestaba atención. Quería decirme algo y las ollas eran una excusa. No me resultó difícil darme cuenta pero no supe cómo hacérselo más fácil.
Y entonces, porque sí, levanté la vista y la vi.
La huella de la mano en la pared azul.
Me quedé inmóvil, mirándola. Una mano grabada como un bajo relieve en la pintura del living de la casa de Ester era algo tan inconcebible que pensé que me había dormido. Un olor agudo a pesadilla cayó sobre el mantel y los papeles y las carpetas. La penumbra nos tocó los pies.
--¿Qué? --dijo Ester, de pronto, las dos manos apoyadas sobre mis folletos de colores absurdos, abandonados a su suerte sobre la falda --. ¿No sabés?
Yo no sabía. ¿Quién hubiera podido contármelo? Mi Alberto se había ido lejos y por otra parte, nunca había sido muy amigo de Cata. Los otros eran más chicos y tampoco estaban. Ya no éramos “las madres”. No estábamos envueltas en la humareda tibia de los chismes.
Los ojos de Ester eran otros. Como su voz, tenían más fuerza y más años. Parecían partidos por grietas infinitas. Sé que ese día le di la dirección de Alberto y sé que se escribieron. Ella me mostró las cartas. Ahora que Cata la estaba armando a ella de nuevo con su ausencia, ella quería armar a Cata con las palabras de otros. La vida de Ester era un movimiento hacia arriba, en picada, hacia la escena que yo no había olvidado, hacia ese ¡Mamá!, dejáme en paz que voy a llegar a tarde, sobre las veredas maltratadas del colegio.
--Casi la mato cuando puso la mano sobre el induido –me dijo. Había sido dos días antes de los golpes en la puerta, dos días antes de las sirenas y los hombres y el Falcon y la no despedida. La voz de Ester se quebró en la segunda palabra. –Casi la mato.
Apoyó los dedos demasiado grandes sobre la huella que siempre tendría dieciséis años. Ya no lloraba.
14:23 | Mundo: Cuentos | 0 Comments
Fotos
Desde que me acuerdo, mamá sacaba fotos. Además de cuidarnos, a nosotros y a papá, además de trabajar en la oficina, hacerse mala sangre por casi todo y leer en los viajes, mamá sacaba fotos con una buena cámara y un zoom. La veíamos apuntar despacio, esperar y después hundirse en el cuartito oscuro que había bajo la escalera. Cuando salía, las fotos no tenían nada que ver con lo que habíamos esperado, aún en los tiempos en que ya sabíamos que no teníamos que esperar lo esperable. Yo nunca veía fotos como ésas en los álbumes de mis compañeras de la escuela, y tampoco en los nuestros porque mamá no sacaba las fotos de las vacaciones aunque todos se lo pedíamos cada vez que el auto enfilaba para el sur en los eneros de muchos de esos años.
Esas fotos, las otras, las sacaba mi hermano con la misma cámara: la familia en pleno con las olas detrás; yo leyendo a Salgari en la puerta de la carpa, muerta de frío como siempre; papá con la pipa; el auto lleno de polvo con el Aconcagua como un muro de viento en el fondo. Fotos normales, comprensibles, de vez en cuando alguna que alguien conseguía sacar por sorpresa, la cara en el medio, natural, relajada, con una expresión particular que no se pone nunca en una pose, una expresión familiar que no sabíamos que conocíamos y que aparecía ahí, perfecta, casi increíble, como si la foto fuera algo puramente mental, un pensamiento.
Mamá no sacaba fotos así. No usaba el gran angular, que fue lo primero que me entusiasmó en tiempos de enamorada de la historia y la arquitectura cuando me frustraba tener que dejar la mitad de un monumento fuera de la foto. Mamá no sacaba esas fotos y no le gustaba aparecer en ellas. Se escurría mientras preparábamos la cámara (luz, distancia, profundidad de cambio eran otras cámaras). Por eso, las pocas imágenes que tenemos de ella son fotos robadas y espontáneas, la expresión siempre mucho más natural y hermosa que las de los otros miembros de la familia. Ella estaba siempre más suelta, era siempre más ella misma que nosotros. Me acuerdo de una (no hubo muchas: ella se enojaba mucho si se daba cuenta y a veces quería eliminar la foto cuando se la mostrábamos): ella está mirando adelante en el auto; esperando que volvamos del baño en una estación de servicio. Tiene el brazo apoyado sobre la ventanilla, los ojos intensos y perdidos, como casi siempre; está tranquila, como casi nunca y tal vez, hasta sonríe. Creo que me acuerdo por la sonrisa. No eran muchas las sonrisas de mamá. Para reírnos: la escuela, los amigos, las fiestas de cumpleaños; en casa, las cosas eran serias, cuidadosas y tensas (aunque yo no lo sentí en ese entonces; entonces, hubiera usado otras palabras para describir nuestra vida: sinceridad, rapidez, tal vez confianza; todavía diría eso, pero ahora sé más; tuvo que venir alguien de afuera para que yo notara la furia en las paredes y las puertas, esa energía negra y rotunda que siempre me había parecido natural, inexistente). En esa foto del auto, reconocimos la sonrisa. Eso quería decir que la habíamos visto antes, que existía. A veces, pienso que quizás era más frecuente de lo que yo recuerdo ahora pero secreta como un amorío que mamá hubiera tenido que escondernos.
Pero sus fotos, las que sacaba ella, eran otra historia. Cuando crecí, cuando empezaron a interesarme los libros de pintura y las exposiciones, me di cuenta de que eran fotos para ampliar a 20 por 20 y colgar de las paredes de un museo. Por eso no podíamos imaginarlas en los álbumes de nadie. Lo que me extraña es que mamá no se diera cuenta, me extraña que ella, que conocía los nombres de los pintores y a veces, nos mostraba esculturas y murales de otras ciudades en los libros, no entendiera lo que estaba haciendo detrás de la puertita negra de la escalera. No, en realidad, es fácil de entender. Las fotos eran parte de ella, una parte retorcida, feroz y buena. Y ella no veía sus partes buenas.
Me acuerdo de algunas solamente. Ya no las tengo. Desaparecieron en la hoguera de aquel Año Nuevo, ese 31 de diciembre que lo cambió todo. Como en los dichos: Año Nuevo...
Me acuerdo de algunas. Pero sobre todo me acuerdo de la impresión que nos causaba el proceso completo. Verla apuntar con la cámara, a un árbol, por ejemplo, o a un pájaro o a un poste de luz, muy de vez en cuando a una persona. Y esperar detrás la puerta a que ella revelara el rollo --jamás dejaba que los tocara otra persona--. Y ver cómo salía un rato después con el papel --siempre mate, a pesar de las modas-- y mirarlo y que no hubiera nunca ni un árbol, ni un poste, ni un pájaro. Mucho menos una persona. Lo que veíamos ahí no tenía nombre. Era, simplemente.
Una de árboles: El árbol era un gran roble que crecía en la vereda de enfrente. Tenía una copa verde oscura (la foto fue en verano, en febrero tal vez, cuando el calor madura hacia el otoño). Un murmullo marrón subía a los dormitorios desde sus ramas, como una nube cálida y nueva. Mamá se sentó en un sillón de la galería (privilegios de la vida en los suburbios), se llevó la cámara a los ojos y apuntó a la mitad del roble con el gran tubo negro del zoom. Nosotros apostábamos. ¿Era una foto de hojas? ¿De un nido que había descubierto entre las ramas, de un proyecto de bellota?
De todos modos, eran apuestas imposibles. Si ella no nos lo decía, nunca sabríamos a qué había apuntado. Pero después, cuando las mostraba en el papel tranquilo y suave, colores casi siempre pastel, apostábamos de nuevo. Nos sentábamos con la foto y tratábamos de ver el mundo en esas líneas intrincadas. Esto es una hoja, ¿ves? No, no, ¿no ves que es el costado de una flor? Parece un dedo... U otra cosa... Risas. Pero no, ¿no ves que es el ala de un gorrión? Ahí están las plumas.
Cuando reveló ésa, la del roble, lo que vimos era un rombo marrón con curvas a los costados. Había una especie de remolino puntiagudo torcido en un extremo, todo en distintos tonos de marrón, y en un rincón se alzaba una garra verde, en diagonal, como las patas de un cóndor que se cierne sobre un ratón. Era una foto en equilibrio inestable, parecía inclinada hacia un lado como si el remolino, que era la presa, estuviera por tragarse al cóndor y convertirse en predador. Me acuerdo de que la tendencia general era a mirarla de costado, inclinada, como si el pequeño mundo de la imagen pudiera arreglarse compensándolo desde el papel, desde afuera.
Mamá nos explicó esa foto. Le costaban mucho esas explicaciones y ahora, mirando hacia atrás desde esta otra edad (desde los tiempos en que ya no me gustan tanto las fotos de paisajes), creo que nos explicaba solamente cuando veía que el rompecabezas nos apasionaba. Entonces, se acercaba, sonreía y decía ¿Les cuento o es mejor no saber? Siempre la misma frase, siempre la misma sonrisa. ¿Ven? ¿Esto de acá? Es una ramita, por eso el marrón. Y esto es el ala derecha de un pájaro. Eso no, no, eso es una sombra. Por eso esperé un rato para tomarla.
Con esas explicaciones, tendía un puente entre una foto irreal y el mundo, entre lo que veíamos nosotros en el roble, y lo que buscaba ella detrás de la cámara. Ahora sé cuánto le costaba construir el puente. Entonces, lo único que sabía era que ella se ponía terriblemente incómoda con las explicaciones. Y las fotos explicadas dejaban de interesarle. Las abandonaba en el orden cuidadoso del cuarto oscuro y a veces, misteriosamente, las perdía. Me acuerdo de que una vez le pedí que volviera a mostrarme una que había sacado apuntando a los ladrillos ennegrecidos de la pared del garage. Creo que la rompí, dijo ella con la voz monótona que usaba cuando algo la tenía sinceramente sin cuidado.
¿Dije “explicaba”? En realidad, ella nunca nos explicaba las fotos. Jamás conseguimos que nos dijera qué quería decir con el remolino. En todo caso, lo que nos daba eran lecciones de técnica. Lo demás no se discutía. Ni las apuestas ni los ruegos ni las cargadas (¿A que esto es un remolino?; por favor, no entiendo, ¿qué es?; parece bosta de vaca) la conmovían. Es una foto, decía.
Cuando las veíamos separadas unas de otras, las fotos parecían todas iguales. Me acuerdo de que un día le dije a mi hermano que mamá se repetía. Pero a veces, hacía carpetas. Las reunía en conjuntos, por color, por diferencia de color, por fecha (tampoco explicaba eso, pero nosotros suponíamos las categorías y las comentábamos cuando estábamos solos). Cuando mostraba las carpetas, no había parecido alguno en una foto y otra. Tal vez lo único en común era que el papel mate. Eso y algo más, no un color sino una intención, algo que entonces, probablemente, yo hubiera llamado “tristeza”.
Las fotos de mamá. Ahora sé lo que buscaba en ellas. Creo que lo entendí el día de la hoguera aunque en ese momento no supe que lo sabía. Lo único que supe fue que mamá había cambiado, que de alguna forma, la habíamos perdido. Después de ese fin de año, no hubo más fotos. No hubo más cuartito debajo de la escalera. La puerta de madera oscura se abrió; alguien, probablemente ella misma (¿quién más se hubiera atrevido?) tiró los frascos y recicló las bandejas hacia el lavadero y los animales. Florecieron los álbumes normales de fotos de paisajes y de caras rojas de sol y cansancio.
Cuando vuelvo a pensarlo, me doy cuenta de que la crisis fue antes. La verdadera crisis vino después de una de las explicaciones con sonrisas. No me acuerdo de la foto que ella nos estaba explicando pero sí de que, bruscamente, dejó de hablar en la galería iluminada de la noche del 30 de diciembre, levantó el papel de la mesa y lo miró como si lo viera por primera vez. No siguió explicando.
Había terminado el año, ése y todos los anteriores, había terminado una etapa de nuestra vida, pero nosotros no lo supimos. Nos dimos cuenta al día siguiente, cuando mamá salió del cuarto oscuro a las diez de la mañana, cruzó el jardín hasta la parrilla, puso una pila de papeles sobre los hierros, dio media vuelta hacia la casa, abrió el lavadero y volvió a salir con una gran botellón de querosene.
Al principio, no nos pareció una escena clave (el primer beso, la primera despedida; la última vez que vemos a alguien antes de un viaje, antes de la muerte). Pensamos que era uno de sus ataques de orden, violento y súbito como todos.
Creo que papá fue el primero que entendió. Fue hasta la parrilla y trató de salvar una carpeta de tapas negras, la más grande de todas. Mamá se la sacó de las manos. Discutieron. Ella ganó. Papá nos llevó a dar una vuelta. La dejamos ahí, sentada frente a la parrilla, mirando el humo espeso y negro de la hoguera. Unas cuadras más allá, seguíamos viendo el humo: una torre oscura en el cielo perfecto del sur, un cielo celeste y claro, sin una nube.
Ahora (en este tiempo en que me gustan más las fotos de personas) sé lo que pasó. Sé lo que vio mamá en su foto cuando la “explicaba”. De pronto, vio las ramas y las bellotas, las alas y las piedras y los ladrillos. Vio los paisajes y las caras, las fotos de los álbumes. El mundo seguía en sus fotos, a pesar del zoom, de la espera, del cuarto bajo la escalera. Ahí estaba, impertérrito, entero. Inevitable.
Ese fin de año, mamá descubrió al mundo agazapado en su lugar secreto. Destruyó el lugar en la hoguera de la parrilla. Durante un tiempo, temblamos tratando de imaginarnos con qué lo reemplazaría. Fueron dos años en sombra. Era otoño.
Cuando llegó el segundo septiembre, la batalla contra el mundo había cambiado de frente. Las únicas fotos que tengo de mi infancia están en los álbumes. La sombra del roble había caído en el remolino.
Y las garras y la foto misma, doblada sobre sí misma en un cucurucho de fuego, rojo primero, negro después.
14:22 | Mundo: Cuentos | 0 Comments
Un caballo turquesa
Una vez cuando yo era muy chica, mamá me preguntó por primera vez qué quería para mi cumpleaños. Yo fui directa y sencilla. No calculé la realidad ni el dinero ni las posibilidades ni los antecedentes. Le sonreí de oreja a oreja como si ella ya hubiera dicho que sí y le dije:
--Quiero un caballo turquesa.
Mamá sonrió y salió a buscarlo. Ella no sabía que yo quería un caballo turquesa que además, estuviera vivo. Un caballo turquesa. Sólo eso.
14:19 | Mundo: Cuentos | 0 Comments